Dejar el trabajo de tus sueños. Mudarse a otro país.

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- ¿En serio?

- Sí, en serio.

- Pero... ¿has encontrado un trabajo allí?

- No, la verdad es que no. No tenemos trabajo ninguno de los dos. Pero esperamos encontrarlo cuando lleguemos.

Al principio todo el mundo se mostró sorprendido por esta decisión aparentemente repentina. Y escribo aparentemente en cursiva por que lo de dejarlo todo atrás y mudarse a otro país era algo que venía cociéndose desde hacía tiempo. Quizás incluso más tiempo del que nosotros mismos creemos. 

Siempre había querido vivir en el extranjero. De adolescente soñaba con ello: me imaginaba aprendiendo otro idioma -¿quizás el francés?-, conociendo a gente nueva, comprando en supermercados llenos de productos raros. Quería saber qué se siente cuando todo lo que te rodea es desconocido, cuando tienes que construir una vida y unas costumbres desde zero, cuando no tienes la suerte de poder estar cada día cerca de los que más quieres.

Crecí y, con Sigfrid, en cada país que visitábamos nos hacíamos la misma pregunta: ¿cómo sería vivir aquí?

A veces me pregunto por qué nos cuesta tanto tomar decisiones. Nos hacemos una y otra vez la misma pregunta: "¿y si...?". Pero la pregunta nunca pasa de nuestras cabezas y esos "y sí..." se convierten en un bucle eterno sin solución. En mi caso, nunca era buen momento para dejarlo todo y marcharme a buscar respuestas: siempre estábamos demasiado bien, demasiado cómodos, todo estaba demasiado bien montado.

Demasiado, demasiado, demasiado. ¿Qué significa demasiado

Para mí ese demasiado era una carga enorme. Algo que me impedía ponerme en marcha. Si estaba feliz como estaba, ¿por qué sentía envidia de la gente que decidía irse fuera? Si estaba bien como estaba, ¿por qué sentía que me estaba perdiendo algo?

No sé qué fue lo que nos empujó a dar el salto. Quizás esa consciencia que te da la madurez para entender que el tiempo pasa y que hay cosas que sólo dependen de uno mismo. Dejé el supuesto trabajo de mis sueños (¡moda! ¡lujo! ¡viajes a París! ¡a Nueva York!). Dejamos nuestro piso en Gràcia. Dijimos adiós a nuestra familia y amigos. Y nos vinimos para Amsterdam.

Ahora vivimos en un piso temporal y no tenemos trabajo. Mis libros y mis utensilios de cocina están guardados en el desván de mis padres. El despertador suena a las 8h o a las 9h pero, qué más da, ninguna oficina nos espera. Las horas se mezclan con los días y los días con las semanas y, aunque una parte de mi sabe que esto no puede durar mucho, que tendré que trabajar en algún momento, la otra está feliz porque por primera vez en su vida ha superado el miedo a cumplir otro de sus sueños.

Si la oportunidad no llega, tendremos que hacerla llegar nosotros, ¿no?.